Sin contar
Nunca antes me había animado a volcar todo lo que pienso aquí. Siempre he preferido limitarme a expresar la parte más oscura. La que parece ser más aceptada cuando hablas de sentimientos.
Supongo que estar aquí de nuevo, y con intenciones distintas, es que La Luz al final del túnel parece haber cobrado de nuevo sentido. Yo durante todo este tiempo creía haberla visto, pero no era así. Solo me he limitado a ver cómo algunas farolas alumbraban el camino. Un camino lleno de lugares sombríos.
Hubo ocasiones donde me creí capaz de emitir luz. Aunque no siempre fuera lo suficientemente luminosa. Ni mucho menos persistente. Pero era lo suficientemente buena para mantener mi paso constante. Aunque un día, con todo mi amor, otorgué mi luz a otra persona que parecía necesitarla más. Y compartí mi fuerza. Dediqué mi último suspiro del día con la esperanza de que descansase en paz. Que nada le pudiera hacer daño. Ni si quiera él mismo.
Supongo que lo que yo no aprendí a tiempo, es que al igual que das, te quitan. Y en aquel momento sentí como el cielo se caía. La calle se había congelado, y en ella había en un completo silencio. Los edificios de la ciudad me hacían cada vez más pequeño el camino. Fue cuando me di cuenta del vacío tan desolador. De aquella tristeza que no desparecía. Del miedo que podía dar la soledad cuando te temes a ti mismo.
Volví a casa con las manos vacías. La sensación de haber perdido todo en una sola jugada. No tenía nada. El pasar de los meses eran como cuchillos en la espalda. No podía dejar de pensar en si quizá no lo hice bien. En si quizá creí tener, y darme cuenta de que soy nada. Una simple luz. Algo fugaz.
Mi último suspiro se quedó en aquel beso en la estación.
Un dolor en el pecho me levantaba cada día. Me recordaba que era otro día donde mi luz seguía sin estar. Mirarme en el espejo y convivir con mi cabeza, eran una condena que revolvían mi tripa. Llorando cada noche hasta quedarme dormida. Intentaba buscar un ápice de ilusión en los atardeceres. Algo que siempre había sido tan mío, y a los cuales dejé de prestar atención.
En aquellos momentos rezaba porque estuviera bien.
Durante esos oscuros meses un ángel se fue al cielo. Sin ni siquiera yo poder decir cuánto lo quería. Y a día de hoy no hay noche en la que no le piense. En su balcón siguen sus flores. Incluso a veces me sigo asomando por si puedo sentirlo. Pero al levantarme del sueño me doy cuenta de que ya no está.
La carga, el dolor, el ruido... No hacían más que aumentar. ¿Hasta qué nivel podría llegar la tristeza? ¿Es que nunca tendrá una final? Sentía que me había muerto por dentro. El vacío era demasiado inmenso. Y yo solo sabía distinguir el miedo entre tanto sentimiento. Porque si esto no terminaba, terminaría conmigo.
¿Cuántas amistades te quedan cuando tienes un trastorno de ansiedad? ¿Cuántas realmente? Porque en el fondo sé que siempre me he buscado eso de no tener un circulo muy cercano. Porque cuando siento tristeza huyo sin dar explicaciones. Y es que hay veces donde no quiero salir a la calle, porque estoy tan consumida que no sé quién soy. No encontraba las razones.
Noté que había tocado fondo cuando salí del trabajo, miré el móvil y lloraba en el coche; mientras por mis ojos no dejaban de pasar historias de mis amigos. Nadie se había acordado de mí. Suponía que la gente está cansada de que no tenga tiempo o energía. Y suponía también que están cansados de mí. Y mis pensamientos alimentaban esa baja autoestima y esa soledad. El agujero en el pecho de hacía cada vez más grande.
Una noche hablé a Isra porque sentía auténtico miedo. Estaba muerta por dentro. Ya sé que puede resultar un tanto acojonante leerlo. Pero creo que es lo que más se asemeja a expresar que uno ha llegado a lo que cree que es su final.
No existe un mañana cuando sientes miedo. Entre lágrimas le dije que solo deseaba dejar de sentir. No estar más aquí. Un dolor tan punzante, que me hacía retorcedme en el llanto. Tirada en el suelo de la cocina, volví a ver como una luz se prendía al final del camino. Conseguí ver que aquello continuaba, aunque yo no fuera capaz de verlo.
Toqué un fondo donde aprendí a estar en los lugares donde me sentía querida. Perdoné y me perdoné. Pero no todo era tan fluido como esperaba. Pero sí lo suficiente para irme a dormir pensando que había retomado el camino. Aunque aun era consciente de que una parte de mí jamás volvería porque una persona se la llevó. Comencé a entender que merecía ser querida y escuchada.
Soy consciente de que jamás seré la persona que otro quieren, pero sí la que yo quiero ser. Guardo todas mis esperanzas de mirarme algún día como lo hacía mi abuela. Deseo de corazón no volver a desear un final. Dejar de odiarme como lo hago. Y recuperar esa alegría que algún día me caracterizaron.
Me encantaría finalizar el texto diciendo que estoy bien. Pero me queda aún un camino tan largo, donde el miedo y la esperanza se mezclan entre sí. Un momento donde, aunque suene mal, siento que necesito ser querida. Dejar que me cuiden todo lo que no me he dejado en meses. Y nunca olvidarme de mí. Porque siempre he sabido, aunque a veces se me olvide, que siempre voy a estar para mí.
Volveré a estar medicada, y eso es un hecho. Pero tengo algo que antes no tenía, y es una terapia que está funcionando; pero lo más importante, me quiero y me siento querida. Aunque me encantaría poder decir toda segura que lo conseguiré, es algo que prefiero no anticipar. Lo que sí que tengo es mucha ilusión. Siento que esta vez podré. Que voy a salir muy fuerte. También sé que su recuerdo se desvanecerá con todo lo anterior. Ojalá nadie me volviera a hacer dudar de mi valía. Volar libre como si fuera una mariposa. Ilusionarme y seguir abrazando como siempre.
Solo sé que quiero salvarme.
PD:
Lo único que sé, es que no me arrepentiré de haberte dado porque lo necesitaste.
Comentarios
Publicar un comentario