El paseo infinito
Un pasillo blanco iluminado por el sol de la calle. El aroma a coco. Los periódicos sobre la mesa. El sonido del reloj. Y unas gafas apoyadas sobre la mesa.
La cálida sensación de que estoy en el lugar que debía estar. Un lugar donde suelo llevarme abrazos de más. Y un beso de buenas noches que me tranquiliza. Cerrar mis ojos y sentir el aroma. Pensar que mañana será un gran día. Que pasearé entre las calles de Salamanca de su mano. Un día donde habrá abrazos y risas. Una noche que terminará feliz, donde sé que ella me esperará junto al sillón; y me dará las buenas noches. Días donde sus ojos se abrían, eran grandes como dos soles. Y su piel blanca resplandecía. Sus ojos se achinaban cuando reía. Lo hacía con infinita alegría.
Me encantaba aquella casa. Su luz. Su patio. Pero sobre todo, que ella estuviera allí esperándome. Queriéndome con todo su corazón. Uno de los corazones más puros que jamás he conocido. Un aura blanca que dejaba rastro cuando pasaba. Unos labios rojos que mucha tristeza ocultaron. Y unas manos suaves que acariciaban mi cara. Aunque cuando pasaron los años, aquella casa perdió su esencia. No ha recuperado el aroma. Y los muebles se vacían de fotos. Mientras que los estantes se llenan de polvo, y las páginas de los libros tornan a un tono amarillento. Sin ella la casa ya no tiene vida. Supongo que lo triste de todo, es asomarse a la ventana y ver cómo la vida ahí fuera sigue igual. El mismo autobús, la misma frutería, el mismo quiosco. Como si fueran eternos en el tiempo. Todo en aquella casa parece haberse parado. Y La Luz del sol ya no quiere iluminar más aquella habitación.
El día que la vi cruzar aquella puerta por última vez, y olvidó mi nombre; supe que nos habíamos despedido para siempre. Aunque cuando subo a la tercera planta, me gusta acariciar su cara como ella hacía conmigo. Y me pregunta por la cena de esta noche. Y el corazón se me hace trizas. No sabe quién soy. Ni si quiera sabe qué hago ahí, delante de 20 personas más mirándola solo a ella.
Y mientras cierra sus ojos y vuelve a dormir, tomo su mano y la acaricio. Entonces me doy cuenta de que Salamanca habrá dejado de perder para mí el mismo sentido. Porque ya no habrá más familia. Ni risas. Porque sin ella todo carece de pureza. El paseo habrá perdido su aroma puro, las habitaciones dejarán de tener esa luz tan bonita; y el reloj siempre marcará la una y media.
Lo único que me gusta pensar de cuando la veo, es que aunque ella no sepa quién soy; yo sé que me quiere. Y yo a ella. Llevo tatuada nuestra frase. Porque quiero hacerte saber cuando ya no estés, que aunque tú no lo conseguiste, yo sí pude. Pudimos, mejor dicho.
Te quiero.
La cálida sensación de que estoy en el lugar que debía estar. Un lugar donde suelo llevarme abrazos de más. Y un beso de buenas noches que me tranquiliza. Cerrar mis ojos y sentir el aroma. Pensar que mañana será un gran día. Que pasearé entre las calles de Salamanca de su mano. Un día donde habrá abrazos y risas. Una noche que terminará feliz, donde sé que ella me esperará junto al sillón; y me dará las buenas noches. Días donde sus ojos se abrían, eran grandes como dos soles. Y su piel blanca resplandecía. Sus ojos se achinaban cuando reía. Lo hacía con infinita alegría.
Me encantaba aquella casa. Su luz. Su patio. Pero sobre todo, que ella estuviera allí esperándome. Queriéndome con todo su corazón. Uno de los corazones más puros que jamás he conocido. Un aura blanca que dejaba rastro cuando pasaba. Unos labios rojos que mucha tristeza ocultaron. Y unas manos suaves que acariciaban mi cara. Aunque cuando pasaron los años, aquella casa perdió su esencia. No ha recuperado el aroma. Y los muebles se vacían de fotos. Mientras que los estantes se llenan de polvo, y las páginas de los libros tornan a un tono amarillento. Sin ella la casa ya no tiene vida. Supongo que lo triste de todo, es asomarse a la ventana y ver cómo la vida ahí fuera sigue igual. El mismo autobús, la misma frutería, el mismo quiosco. Como si fueran eternos en el tiempo. Todo en aquella casa parece haberse parado. Y La Luz del sol ya no quiere iluminar más aquella habitación.
El día que la vi cruzar aquella puerta por última vez, y olvidó mi nombre; supe que nos habíamos despedido para siempre. Aunque cuando subo a la tercera planta, me gusta acariciar su cara como ella hacía conmigo. Y me pregunta por la cena de esta noche. Y el corazón se me hace trizas. No sabe quién soy. Ni si quiera sabe qué hago ahí, delante de 20 personas más mirándola solo a ella.
Y mientras cierra sus ojos y vuelve a dormir, tomo su mano y la acaricio. Entonces me doy cuenta de que Salamanca habrá dejado de perder para mí el mismo sentido. Porque ya no habrá más familia. Ni risas. Porque sin ella todo carece de pureza. El paseo habrá perdido su aroma puro, las habitaciones dejarán de tener esa luz tan bonita; y el reloj siempre marcará la una y media.
Lo único que me gusta pensar de cuando la veo, es que aunque ella no sepa quién soy; yo sé que me quiere. Y yo a ella. Llevo tatuada nuestra frase. Porque quiero hacerte saber cuando ya no estés, que aunque tú no lo conseguiste, yo sí pude. Pudimos, mejor dicho.
Te quiero.
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