Volverán a volar
Hace no mucho tiempo, tuve en mi propiedad un jardín inmenso.
Estaba lleno de flores.
Era una barbaridad.
Un jardín tan grande, en el que podrías perderte durante horas.
Un lugar que construí a mi medida, y que cuidé con mimo.
Había un árbol muy grande desde el que podías ver toda la ciudad.
Y, por las noches, Luna brillaba como si solo fuera mía.
Me mecía entre su luz.
Pero un día, Luna me dijo que debía compartirla.
Y dejé a Oscuridad entrar en mi jardín.
A Oscuridad le gustaban mis flores.
Incluso hubo noches en las que pude ver recobrar luz.
Alguna noches, Oscuridad se acostaba en una esquina de mi cama,
y me confesaba sus miedos.
Yo solo me limité a besarla en la frente y darle mi luz.
Iluminar todos y cada uno de los rincones que le hacen ser ella.
Todas las noches Oscuridad y yo salíamos a ver a Luna.
Siempre me miraba con cara de tristeza, pues estaba cansada
de ser algo que la gente teme.
Pero es que yo en Oscuridad pude ver el cielo más brillante que había conocido.
Y se volvió costumbre lo de vernos cada noche.
Me encargaba personalmente de encenderle una luz cada noche,
y descansar tranquila al pensar que el corazón de Oscuridad yacía en calma.
Y Oscuridad comenzó a verme por los días.
Le mostré que también aquí tenía cabida.
Que mi luz sería suficiente para iluminar hasta el lugar más oscuro.
Que no temiera.
Porque yo juré que allí estaría.
Oscuridad y yo paseábamos por mis jardines.
Le enseñé a querer y a cuidar.
Incluso a disfrutar de los naranjas atardeceres.
Le prometí que aquel color era Casa.
Y que Noche no daba tanto miedo.
Los días siguieron pasando y Oscuridad se cansaba de esperar.
Pero seguí tras ella.
Y le dí mi mano.
Porque confiaba en ella.
A los meses comenzó a deambular por mi jardín.
Arrancaba todas las flores sin miedo.
Y yo con lágrimas en los ojos las volví a sembrar.
Pues Oscuridad no sabía que Noche no borra el daño.
A veces olvidaba que los atardeceres ya no daban miedo.
Me enamoré de ella.
De sus días, pero sobre todo de sus noches.
Y aprendí a quererla despacio, cediéndole mi mano para caminar.
Entonces Oscuridad parecía brillar más.
Y dejé de temer que al amanecer se fuera.
Un día me despedí de ella sin saber que sería la ultima vez.
Solo recuerdo que antes de irse arrasó con todas mis flores.
Luna dejó de brillar de la misma manera.
Y el árbol que tanto me gustaba, me mostraba unas vistas que dolía recordar.
Oscuridad se llevó consigo mi luz.
A veces volvía a deambular por mi lugar a medio demoler.
Y me sonreía con su descaro.
Y al día siguiente volvía a desparecer.
Me hizo ver que mi brillo no era lo suficientemente grande,
como para iluminar algo tan oscuro.
No sin antes llevarse una parte de mi luz.
Algo que ni el tiempo podría devolverme.
Tiempo después, cuando las flores volvieron a florecer,
vi a Oscuridad pasear de nuevo.
Ya tenía otra luz que le iluminase.
Y aquella noche yo solo pude sentarme en el frío césped,
y sentí que mi luz nunca había sido necesaria.
Porque comprendí que hubiera valido cualquiera.
Aún hay noches donde me gustaría ser una luz especial
en el camino de ella.
Solo me veo brillar cada noche que escribo de nuevo.
Del resto de destellos desconozco su paradero.
Luna me miró aquella noche y me dijo,
que mi luz era demasiado fuerte para algo tan débil.
Y me besó en la frente.
Descansa en paz.
Porque tu luz siempre fue válida.
Porque tu fuerza nunca se ha ido.
Siempre seguirán en tu interior.
Y es que lo que tu has dado a Oscuridad,
fue algo que nadie, jamás, podrá igualar.
Ahora Oscuridad deambula por las noches
haciendo magia con los atardeceres que le regalé.
Y acalla sus voces pensando en más luces.
Y duerme sus miedos entre blisters.
Solo espero que alguien sepa quererte como yo lo hice.
Y de volver, estaré en nuestro balcón de siempre.
Mientras pido deseos cada mañana por si todo se revierte.
Por si pudiera volver a verte.
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