Dentro de ti. Parte 1
"No pares", "sigue", "está en tu mente", "sólo eres tú y tu cabeza", "no estaría jamás con alguien que no sabe manejar sus sentimientos", "es solo una excusa", "no sales de ahí porque no quieres", "jamás va a ser feliz", "pides ayuda pero no la necesitas", "¿por qué no pides ayuda?", "pides demasiada ayuda".
En un día como hoy, 10 de octubre, día de la salud mental, he visto la oportunidad de escribir un texto sobre la cantidad de cosas que he tenido que escuchar y sentir a lo largo de este tiempo. Por yo y mi ansiedad. Por nosotras. Hablo como si fuéramos dos porque me acompaña cada día. A veces está más ausente y, en cambio otras, se sube a mi espalda y me oscurece la vista.
Todo comenzó por rumiar por las noches. En lo que debo hacer, en lo que hago, en lo que soy... Hasta en lo que debería ser. Odiarme hasta que mis fuerzas dieran de sí. No ser capaz de decir nada bueno de mi. Ni si quiera sabía calcular mi valía. De esos pensamientos llegaron los no poder respirar. El vestir de negro y taparme la cara con el pelo. Llegó el no quererme. Y finalmente, el que no me quieran.
Unos años después comencé a forzar una seguridad en mi misma que no existía. Una amiga me repetía miles de veces que si no me quería yo, jamás lo haría nadie. Otras personas se limitaban a decirme que mi manera de ser y sentir jamás iba a ser suficiente para que alguien me quisiera. Que ojalá fuera más bonita, digo yo. Ojalá un poco más lista. Sufría frecuentes ataques de ansiedad que me impedían estudiar. Llegué incluso a ver borroso. Había días en los que no era capaz de salir de casa. No quería ir a clase y corroborar la idea de que era inútil. De que el sistema educativo me iba a evaluar unas disciplinas y capacidades que yo no tenía. Porque yo no valía.
Llegó segundo de bachillerato y la situación se mantenía en las mismas. Volví al insomnio. A las canciones tristes. Comenzaron a salir las primeras ojeras. Mis primeros nudillos morados. Y de un día para otro comencé a dejar de comer. La sensación de dolor y vacío eran tan grandes, que comer me producía una sensación nauseabunda.
Llegaba a clase sin dormir. Mi profesor de historia me preguntaba preocupado que qué era aquello que tanto me dolía. "Solo siento que no soy suficiente" respondí.
Me esforzaba por llevar el curso al día. Por las noches lloraba desconsolada abrazada a mi madre, y por las tardes mi hermano me acompañaba a pasear al campo.
Durante esa temporada conocí a un chico. Me hacía feliz. Me hacía sentir esa magia e ilusión que me hacían aferrarme al seguir adelante. Sin quererlo, me enamoré.
A medida que pasaban los días, la ansiedad aumentaba y comencé a sentir cómo era andar y sentir que me iba a desvanecer. La frecuencia con la que comía, al igual que mi peso disminuía.
Un día, recuerdo perfectamente que fue en mayo del 2017, decidí acudir a mi médico de cabecera que me dijo lo que tanto tiempo sospechaba: "tienes ansiedad y depresión", seguido de un "y necesitas medicación y un psicólogo".
A partir de ese día comencé a tomar Rivotril. Una cura seductora pero que pagas cara. Una droga.
Aquel chico que conocí no le hacía muchas gracias el tema pastillas. Porque al fin y al cabo, a veces, las pastillas te alejan de lo que eres tú. Te anulan...
Durante la semana que tomé los ansiolíticos me di cuenta de lo que era salir de una burbuja. Los episodios de desrrealización y despersonalización habían disminuido. Incluso el brillo en mis ojos había vuelto. Pero había llegado tarde. Todo era una bola que cada vez se hacía más grande.
Llevé el resto de días de fin de bachillerato como pude, no fui capaz de hacer bien la selectividad. Y finalmente, un día, todo mi ser explotó. Aquel chico me falló. Y yo con todo lo que hice mal en mis estudios y con mi gente, también me fallé.
Volví a acudir al médico. La tristeza, el vacío, la sensación de ser insuficiente. Pero sobre todo, las ganas de morir. Fue en aquel momento cuando me pregunté a mi misma cómo había llegado hasta allí. Poca gente de la que tenía cerca me comprendía. El resto solo me juzgaba, me hacía sentir responsable al completo de todo esto. Como si el fallo fuera yo.
Comencé con el tratamiento de los antidepresivos porque mi salud cada vez comenzaba a ir a peor, mi IMC era demasiado bajo, mis ojeras cada vez se acentuaban más. Y yo solo era capaz de llorar y llorar. Me martirizaba a mi misma, ¿a caso jamás podré ser como el resto?
Cuando lo que fue un día mi novio me falló, comencé a soñar con él. Por las noches me levantaba llorando. Porque jamás sería lo suficientemente bonita para él, pensaba. Porque nadie querría estar conmigo. Porque sus actos me dejaban cada vez más rota.
Por las noches esperaba sus buenas noches como quien espera a que le apaguen La Luz. Pero nunca llegaban. Y volvía a soñar con él. Y en los sueños se iba de mi lado. Porque ya no me quería.
Durante el mes de agosto de 2017 seguí esperando cosas que no llegaban. Los antidepresivos comenzaron a hacer efecto. "Que consuelo", pensé. Porque creí que tomando pastillas volvería a ser yo. Ingenua de mí. Uno jamás volverá a ser quien era. Había días en los que no salía de casa. Esperaba su llamada por si se acordaba de mí. Por si verle sonreír sería por mí. Pero de las veces que le volví a ver, jamás volví a verme reflejado en su mirada. En aquellos últimos días a de agosto comencé a darme cuenta de que yo para él ya no era un sentir presente. Pasaría a ser un recuerdo. A ser olvidada.
Volvía a soñar día si día también con él. Seguía teniendo pensamientos horribles en mi cabeza. Me levantaba por las noches llorando, con el corazón a mil y destapada. Hasta que llegó el día.
Me levanté. Y sin saber cómo, lo supe. Él ya no estaba más. Con el paso de los meses pasamos a ser unos desconocidos. Pero no me extenderé más en ese capítulo.
A medida que avanzaron los meses, mi ansiedad y yo nos habíamos aferrado cada vez más y más. Terapia en grupo, psicólogos, más pastillas, el deporte, la escritura. Todo era una lucha por salir de ahí. Por miedo a esas noches de levantarme y pensar: "Ojalá pudiera dejar de sentir para siempre".
Porque te sientes encerrado. En un bucle donde ya no existen alegrías.
Avanzando más en el tiempo, comencé a dejar de ser yo. Digamos que estaba fuera de servicio. Los dolores musculares me dificultaban todo. Pero ya no lloraba. Ya no le lloraba. Aquí estaba la Cristina que todo el mundo quería. La que ya no llora. Y qué gracia ahora que lo pienso.
Los antidepresivos hicieron que dejara de sentir. Era una frustración increíble no llorar. No sentir.
Comencé a sentir indiferencia. Era una sensación de estar en coma. Quería hacer algo por sentir, pero no podía. No estaba yo ahí. Parecía como si alguien controlase mi cuerpo. Ya no era yo.
En un día como hoy, 10 de octubre, día de la salud mental, he visto la oportunidad de escribir un texto sobre la cantidad de cosas que he tenido que escuchar y sentir a lo largo de este tiempo. Por yo y mi ansiedad. Por nosotras. Hablo como si fuéramos dos porque me acompaña cada día. A veces está más ausente y, en cambio otras, se sube a mi espalda y me oscurece la vista.
Todo comenzó por rumiar por las noches. En lo que debo hacer, en lo que hago, en lo que soy... Hasta en lo que debería ser. Odiarme hasta que mis fuerzas dieran de sí. No ser capaz de decir nada bueno de mi. Ni si quiera sabía calcular mi valía. De esos pensamientos llegaron los no poder respirar. El vestir de negro y taparme la cara con el pelo. Llegó el no quererme. Y finalmente, el que no me quieran.
Unos años después comencé a forzar una seguridad en mi misma que no existía. Una amiga me repetía miles de veces que si no me quería yo, jamás lo haría nadie. Otras personas se limitaban a decirme que mi manera de ser y sentir jamás iba a ser suficiente para que alguien me quisiera. Que ojalá fuera más bonita, digo yo. Ojalá un poco más lista. Sufría frecuentes ataques de ansiedad que me impedían estudiar. Llegué incluso a ver borroso. Había días en los que no era capaz de salir de casa. No quería ir a clase y corroborar la idea de que era inútil. De que el sistema educativo me iba a evaluar unas disciplinas y capacidades que yo no tenía. Porque yo no valía.
Llegó segundo de bachillerato y la situación se mantenía en las mismas. Volví al insomnio. A las canciones tristes. Comenzaron a salir las primeras ojeras. Mis primeros nudillos morados. Y de un día para otro comencé a dejar de comer. La sensación de dolor y vacío eran tan grandes, que comer me producía una sensación nauseabunda.
Llegaba a clase sin dormir. Mi profesor de historia me preguntaba preocupado que qué era aquello que tanto me dolía. "Solo siento que no soy suficiente" respondí.
Me esforzaba por llevar el curso al día. Por las noches lloraba desconsolada abrazada a mi madre, y por las tardes mi hermano me acompañaba a pasear al campo.
Durante esa temporada conocí a un chico. Me hacía feliz. Me hacía sentir esa magia e ilusión que me hacían aferrarme al seguir adelante. Sin quererlo, me enamoré.
A medida que pasaban los días, la ansiedad aumentaba y comencé a sentir cómo era andar y sentir que me iba a desvanecer. La frecuencia con la que comía, al igual que mi peso disminuía.
Un día, recuerdo perfectamente que fue en mayo del 2017, decidí acudir a mi médico de cabecera que me dijo lo que tanto tiempo sospechaba: "tienes ansiedad y depresión", seguido de un "y necesitas medicación y un psicólogo".
A partir de ese día comencé a tomar Rivotril. Una cura seductora pero que pagas cara. Una droga.
Aquel chico que conocí no le hacía muchas gracias el tema pastillas. Porque al fin y al cabo, a veces, las pastillas te alejan de lo que eres tú. Te anulan...
Durante la semana que tomé los ansiolíticos me di cuenta de lo que era salir de una burbuja. Los episodios de desrrealización y despersonalización habían disminuido. Incluso el brillo en mis ojos había vuelto. Pero había llegado tarde. Todo era una bola que cada vez se hacía más grande.
Llevé el resto de días de fin de bachillerato como pude, no fui capaz de hacer bien la selectividad. Y finalmente, un día, todo mi ser explotó. Aquel chico me falló. Y yo con todo lo que hice mal en mis estudios y con mi gente, también me fallé.
Volví a acudir al médico. La tristeza, el vacío, la sensación de ser insuficiente. Pero sobre todo, las ganas de morir. Fue en aquel momento cuando me pregunté a mi misma cómo había llegado hasta allí. Poca gente de la que tenía cerca me comprendía. El resto solo me juzgaba, me hacía sentir responsable al completo de todo esto. Como si el fallo fuera yo.
Comencé con el tratamiento de los antidepresivos porque mi salud cada vez comenzaba a ir a peor, mi IMC era demasiado bajo, mis ojeras cada vez se acentuaban más. Y yo solo era capaz de llorar y llorar. Me martirizaba a mi misma, ¿a caso jamás podré ser como el resto?
Cuando lo que fue un día mi novio me falló, comencé a soñar con él. Por las noches me levantaba llorando. Porque jamás sería lo suficientemente bonita para él, pensaba. Porque nadie querría estar conmigo. Porque sus actos me dejaban cada vez más rota.
Por las noches esperaba sus buenas noches como quien espera a que le apaguen La Luz. Pero nunca llegaban. Y volvía a soñar con él. Y en los sueños se iba de mi lado. Porque ya no me quería.
Durante el mes de agosto de 2017 seguí esperando cosas que no llegaban. Los antidepresivos comenzaron a hacer efecto. "Que consuelo", pensé. Porque creí que tomando pastillas volvería a ser yo. Ingenua de mí. Uno jamás volverá a ser quien era. Había días en los que no salía de casa. Esperaba su llamada por si se acordaba de mí. Por si verle sonreír sería por mí. Pero de las veces que le volví a ver, jamás volví a verme reflejado en su mirada. En aquellos últimos días a de agosto comencé a darme cuenta de que yo para él ya no era un sentir presente. Pasaría a ser un recuerdo. A ser olvidada.
Volvía a soñar día si día también con él. Seguía teniendo pensamientos horribles en mi cabeza. Me levantaba por las noches llorando, con el corazón a mil y destapada. Hasta que llegó el día.
Me levanté. Y sin saber cómo, lo supe. Él ya no estaba más. Con el paso de los meses pasamos a ser unos desconocidos. Pero no me extenderé más en ese capítulo.
A medida que avanzaron los meses, mi ansiedad y yo nos habíamos aferrado cada vez más y más. Terapia en grupo, psicólogos, más pastillas, el deporte, la escritura. Todo era una lucha por salir de ahí. Por miedo a esas noches de levantarme y pensar: "Ojalá pudiera dejar de sentir para siempre".
Porque te sientes encerrado. En un bucle donde ya no existen alegrías.
Avanzando más en el tiempo, comencé a dejar de ser yo. Digamos que estaba fuera de servicio. Los dolores musculares me dificultaban todo. Pero ya no lloraba. Ya no le lloraba. Aquí estaba la Cristina que todo el mundo quería. La que ya no llora. Y qué gracia ahora que lo pienso.
Los antidepresivos hicieron que dejara de sentir. Era una frustración increíble no llorar. No sentir.
Comencé a sentir indiferencia. Era una sensación de estar en coma. Quería hacer algo por sentir, pero no podía. No estaba yo ahí. Parecía como si alguien controlase mi cuerpo. Ya no era yo.
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