Ojos de egipcio
Tenía los ojos más bonitos que jamás había visto nunca. Me taladraban el alma. Parecía que querían meterse dentro de mí. El muy listo sabía cómo debía mirarte. Me comía. Me estremecía.
Su alma se encontraba rodeada de unos monstruos que le oscurecían el camino. Y él me abrazaba, como si pudiéramos quedarnos estáticos para toda la eternidad. Él mi Apolo, yo su Dafne.
Él mi antídoto, yo su altar al que redimirse cuando sus lágrimas inundaban sus ojos.
La historia de cómo darse de bruces contra el suelo. Un suelo lleno de baches... Y yo conduciendo aún sabiendo que esta calle era prohibida. A contracorriente. Como solo lo haría una persona que está loca. Por él.
Sonreía con la boca torcida. Me regalaba la mejor de sus sonrisas y me guiñaba el ojo. Saldremos de esta. Y después me abrazaba. Abría los ojos solo para ver cómo de grande era el amor con el que besaba mi frente. Tengo incluso hechas las manos a su medida. Mis brazos eran lo suficientemente largos como para abrazar su espalda. Y mi corazón tenía el suficiente amor para besar cada noche sus heridas. Como si fuesen un milagro pensaba.
Me enseñaba sus fotos de pequeño y veía su reflejo sonriendo. Pareciese como si quisiera volverse a meter en aquel instante. Como si le doliera que ese momento capturado ya no volviera más. Y guarda la foto con una sonrisa de oreja a oreja y pasa a la siguiente. No me lo dice. Pero sé que lo siente. Me atrevería a decir que puedo escuchar su corazón a kilómetros.
Sé la razón de cada acción que hace. Puedo entender sus miradas. Descifrar cada suspiro que lanza. Lo sé porque algo quiso que nos uniera. Esto no era un pasaje más, sé que podría haber sido un libro entero. Pero no siempre es el momento.
Solo díganle si le ven por ahí que le sentía muy dentro de mí. Que luché y le quise de la única manera en la que sé hacer las cosas, con toda mi alma. Que espero su llamada de buenas noches. Que me gustaba su voz de recién levantado. Y que jamás dudaré en darle la mano cuando él me lo pida. Podríamos salir de aquí. Si se trata de ti.
Que sea feliz. Que vuelva a sonreír y se le curen sus heridas. Que ría a carcajadas hasta que le duela la tripa. Verle libre. Solo espero que algún día, en algún lugar del centro te dé por acordarte de mi. Y me digas que volvamos a casa, que el cielo es naranja y que mereció la pena la espera. Y de no ser yo. Espero que alguien te haga tan feliz que no seas capaz de recordar el dolor del pasado. Que te abracen con el amor con el que algún día lo hice. Que te quieran. Porque todos merecemos ser queridos.
Después de la tormenta el cielo se despeja. El sol cae. Y el cielo se tiñe de naranja.
Un abrazo.
Su alma se encontraba rodeada de unos monstruos que le oscurecían el camino. Y él me abrazaba, como si pudiéramos quedarnos estáticos para toda la eternidad. Él mi Apolo, yo su Dafne.
Él mi antídoto, yo su altar al que redimirse cuando sus lágrimas inundaban sus ojos.
La historia de cómo darse de bruces contra el suelo. Un suelo lleno de baches... Y yo conduciendo aún sabiendo que esta calle era prohibida. A contracorriente. Como solo lo haría una persona que está loca. Por él.
Sonreía con la boca torcida. Me regalaba la mejor de sus sonrisas y me guiñaba el ojo. Saldremos de esta. Y después me abrazaba. Abría los ojos solo para ver cómo de grande era el amor con el que besaba mi frente. Tengo incluso hechas las manos a su medida. Mis brazos eran lo suficientemente largos como para abrazar su espalda. Y mi corazón tenía el suficiente amor para besar cada noche sus heridas. Como si fuesen un milagro pensaba.
Me enseñaba sus fotos de pequeño y veía su reflejo sonriendo. Pareciese como si quisiera volverse a meter en aquel instante. Como si le doliera que ese momento capturado ya no volviera más. Y guarda la foto con una sonrisa de oreja a oreja y pasa a la siguiente. No me lo dice. Pero sé que lo siente. Me atrevería a decir que puedo escuchar su corazón a kilómetros.
Sé la razón de cada acción que hace. Puedo entender sus miradas. Descifrar cada suspiro que lanza. Lo sé porque algo quiso que nos uniera. Esto no era un pasaje más, sé que podría haber sido un libro entero. Pero no siempre es el momento.
Solo díganle si le ven por ahí que le sentía muy dentro de mí. Que luché y le quise de la única manera en la que sé hacer las cosas, con toda mi alma. Que espero su llamada de buenas noches. Que me gustaba su voz de recién levantado. Y que jamás dudaré en darle la mano cuando él me lo pida. Podríamos salir de aquí. Si se trata de ti.
Que sea feliz. Que vuelva a sonreír y se le curen sus heridas. Que ría a carcajadas hasta que le duela la tripa. Verle libre. Solo espero que algún día, en algún lugar del centro te dé por acordarte de mi. Y me digas que volvamos a casa, que el cielo es naranja y que mereció la pena la espera. Y de no ser yo. Espero que alguien te haga tan feliz que no seas capaz de recordar el dolor del pasado. Que te abracen con el amor con el que algún día lo hice. Que te quieran. Porque todos merecemos ser queridos.
Después de la tormenta el cielo se despeja. El sol cae. Y el cielo se tiñe de naranja.
Un abrazo.
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