Bandeja de entrada

Cuando siento la sensación de que todo me va a explotar en las manos recuerdo cada cosa que hice mal y pude haber solucionado a tiempo.
Soy casi siempre consciente de mis capacidades, aunque muy a mi pesar no consigo sentir la realidad como realmente debería. Por eso, a veces, te repito mil y una veces todas mis historias. Por si quizá a la quinta todo cobra sentido.

Lo que suele darme miedo es pensar que, quizá, me he aventurado en esto de creer en mí, y que debo reducir la velocidad. Hasta dejarlo.
¿Por qué todo el mundo cree verse capaz de ver en mi lo que valgo? ¿Y por qué yo no soy capaz de sacar las fuerzas que se supone que tengo?
Siento como si todo lo que soy yo pasara a cámara lenta, como si no fuera capaz de reaccionar a esta velocidad de vértigo.
Antepongo al resto, porque luego voy yo. Mi mente vuela lejos de todo esto.  Y me ato en la sensación de que le debo la vida a la gente, mientras me quito un trocito de la mía intentando demostrar a los demás que puedo con todo.

Y, de repente, las luces se apagan. No consigo ver nada a mi alrededor y siento cómo en mi la ceguera no me permite ver el camino. Siento cómo la respiración se me acelera y mi cabeza me genera vértigos. Pero no puedo parar. No ahora mismo. De hacerlo me fallaría. De hacerlo les fallaría.
Y mi cuerpo me pide a gritos que me haga caso a mi. Aunque solo sea una vez. Porque parece que he olvidado que antes que nadie, estoy yo.

Y me disculpo constantemente bajo la frase del: "ya tendré tiempo", "son solo unos días", "mañana dormiré". Mientras que la bandeja de entrada arde y lo que soy yo queda relegada a un segundo plano. Como si yo ya no fuera de mi propiedad.

Así que vuelven a pasar los días sin ninguna piedad, y yo sigo en el mismo sitio de siempre. Pero estoy tan cansada que me quedo inmóvil; y me limito a ver cómo pasa un tren, otro, y otro.
Mis oídos retumban. Mis ojos se nublan al completo. El corazón parece querer salir de aquí también.

Me invade el miedo a no terminar nunca de hacer las cosas. Al sentirme un producto dentro de las redes. Como si siempre debiéramos estar disponibles para todo el mundo. Y luego poca gente al final del día te dice cuánto te ha echado de menos; que cómo te ha ido el día.

Así que perdón por haberme atrevido por una vez a decir que, a veces, no puedo más. Quizá sea cosa de que no tengo la suficiente fortaleza, ni si quiera paciencia. Pero suelen haber días en los que lloro desconsolada porque me frustro al no poder dar más de sí. Y solo dos personas notan en ese momento que para mí, todo, se ha ido de mi control.
Y entonces es cuando siento miedo. Porque duele pensar en que jamás podrías hacer feliz a nadie con esta inestabilidad. En que jamás podrás llevar a cabo un proyecto. Una vida normal.

Y sencillamente me estalla en las manos.
Pero bien en el fondo sé que mañana podré volver a juntar todos los cachos, como lo hice otras veces. También sé que durante esto hay gente que se va. En el fondo también supe desde el principio que vinieron para aprovecharse de mi bondad. De mi incapacidad por no saber decir que no a tiempo.

Solo espero que en algún momento vuelva a coger todo con ganas y nada consiga frenarme. Ni si quiera mi ansiedad. También quiero pensar que lo que me devuelve el espejo es una imagen distorsionada. Y que yo jamás fui inferior al resto.

Se nos fueron los momentos con las prisas y los peros.

 Nos vamos a comer el mundo




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