Segunda planta

Ascendí por aquellas escaleras en ruinas y sentí por un instante que flotaba. Aquel lugar casi derruido, el que para mí era un sitio especial, parecía esconder entre cuatro paredes algo más allá, de lo que cualquier persona pudiera imaginar. Y los coches lo miraban a su paso, incluso las personas y algún otro curioso. Miraban con tristeza aquel lugar que moría, pero que era mío. Para mí era un increíble castillo. Y tenía las mejores vistas de toda la ciudad. Cualquiera hubiera rabiado por subir ahí arriba y verlo.

Sentía el silencio invadiendo todos mis sentidos, y quise rendirme antes esa maravillosa sensación de dejarlo todo fluir. Porque estaba volando a cientos de metros de aquel lugar. Nada importaba. Ya no.
Dejé que La Luz del atardecer tiñese mi pelo rubio y se adentraran en mi memoria. Como si por no dejar de mirar, pudiera retenerlo y congelar aquel momento. Para siempre.

En mi interior sabía que el final se acercaba. Hacía tiempo que mí yo interior me decía que murió por el camino. Y, de repente, el día se volvió oscuro, y la noche me envolvió entre sus miedos y la nada.
Ascendí demasiado alto y la caída me daba demasiado vértigo. Y caía. En círculos.

Meses después traté de volver, y por una milésima de segundo creí que volvería a sentir el mismo ambiente. La misma felicidad. Pero me di cuenta de que el lugar no era ya el mismo. Ni si quiera yo.
Aquel lugar parecía más frío. Ya no quedaba ni la mitad de lo que un día fue. Os prometo de corazón, que aquel lugar tenía las mejores vistas de la ciudad. Y yo pude ver todas las luces, brillando  en la noche. Y todo se volvió frío. Todo eran escombros.

Un huracán arrasó con aquellos meses donde todo parecía posible. Y sin esperarlo, me llevo consigo.
Ya nadie se fija en él. Solo algunas personas lo miran con tristeza. Y, diablos, qué bonito fue tener aquel lugar y sentir que era mío. Ojalá nunca caiga en el olvido.


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