La muerte de una estrella

Como cualquier cosa que nace, ya está muriendo. 
Quizá es uno de los puntos de vista más pesimistas acerca de la existencia. 
 Pero es que, a veces, por mucho que luchemos para evitar que algo termine al final se consume. 
Y finalmente desparece. 

Aquel día mi estrella se apagó. 
La tuve entre mis manos. Cada noche la elevaba al cielo y rezaba por ella, para que jamás se apagara. 
Me iluminaba hasta que me quedaba dormida y me mecía en sus brazos, protegiéndome de todos mis miedos, iluminando cada rinconcito oscuro que me atormentaba. 
Por las mañanas temía que fuera el último día en el que la viera brillar, para mí. 
Un día me levanté para darle los buenos días. Ya no estaba. 
Entre mis sábanas y mis esperanzas, con desesperación, traté de buscarla y volver a darle vida. 
Se había consumido y no pude hacer nada para evitarlo. 
Se había ido y ya no estaba conmigo. Jamás volvería a iluminarme. 
Nunca más volví a verla brillar. Pero ninguna noche más me acosté pensando en el final, porque ya no estaba. Ni estaría. 
  
La cuidé tanto como mis fuerzas me permitieron, y la disfruté todo lo que mi inseguridad me permitía.  
Recé cada noche de aquel verano para que jamás se apagara. 
Aunque sea un secreto a voces, una parte de mí se fue cuando murió mi estrella. 
Durante muchas noches la continué buscando con desesperación, pensando que estaría ahí, donde siempre. Protegiéndome. Y fue en ese momento cuando comprendí que su luz me había cegado. 
Aprendí que yo era la única luz que necesitaba en mi camino, y es que, aunque aquel día vi desvanecerse ante mí aquella luz que con tanto amor aguardé; aprecié que había una luz mucho más grande, más allá de lo que algún día llamé hogar. Yo misma. 
  
Dice la leyenda que ahora esa estrella está en un lugar mejor. Iluminando otros caminos. 
Ojalá nunca la apaguen, como ella lo hizo conmigo. 
  

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